5/7/14

Llamame por mi nombre



Mucha gente tiene la costumbre de llamar “abuela/o” a las personas mayores.
Sobretodo a los muy mayores y en los lugares donde deben prestarles servicios, o quienes los asisten sin ser sus familiares.
Algunos lo utilizan con un tono de ternura y respeto sincero, por tradición, o porque sienten que genera empatía.
En general lo aceptamos de manera natural, sin protestar ni incomodarnos. Parecería un término cariñoso y nada más.
Pero, imaginate mayor (aunque es difícil pensarse en el viejo que uno va a ser): toda tu vida te llamaron por tu nombre, y de repente un día, alguien te trata de abuela/o. 
¿Por qué? ¿Porque sos viejo?

Para quienes trabajan en gerontología, el término ‘abuelo’ (cuando lo utiliza alguien que no es su nieto, obvio :-) es ofensivo, pero muy difícil de erradicar en la sociedad.
Hace unos años comenzaron a emplear la palabra ‘viejo’, porque consideraron que no es agraviante ni negativa y está instalada en los hábitos sociales y familiares.
Aún así, a mucha gente le resulta inadmisible y por eso hoy en día, se usa ‘adultos mayores’ que  no ofende ni desmerece a nadie. (Aunque otros piensan: _ ¿Qué inventaron ahora?)
Hablamos del conjunto: los abuelos, los viejos, la gente mayor, etc.; pero en el individuo es distinto.
Uno no puede dirigirse a una persona diciendo: _ Pase por acá viejo.
Se usa su nombre, o  señora, señorita, señor…

Resulta curioso, pero podemos observar claramente en la calle, el uso de “parentescos“ cuando se busca minimizar y generar impotencia en alguien con desventaja.
         _ ¡Tío! ¿Tenés para mucho?
_ Pero hermano… ¿cómo me decís que te di mal el vuelto?
_ ¡Mamita! Estás rebuena…, etc.

En el ámbito social, utilizar un ‘rol’ en lugar de llamar por el nombre individual a cada uno, roza un límite, a veces inconsciente, entre la simpatía y la indiferencia.
Todos tenemos un nombre: para identificarnos, ser diferentes y relacionarnos  con los demás.
Al punto que, cuando necesitamos que alguien reaccione (incluso un niño), lo llamamos enérgicos por su nombre. Porque el nombre es identidad.
Este apodo: abuelo, no reconoce identidad y puede tratarse de una forma sutil de maltrato.
Por suerte, esta nueva generación de viejos, tienen una imagen de sí mismos que no es la del abuelo “típico”.



A las personas mayores, no les gusta que les diga ‘abuelo/a’ alguien que no es su nieto. Piensan que se pretende ocupar un lugar que no corresponde, sienten que no es sincero y también, que les agrega años.

Imaginate si no tienen hijos o son solteros.

 ¿Es importante hablar del modo con que se dirige la sociedad a una persona mayor?


Sí, porque las palabras ‘atribuyen’.
¿Qué quiere decir? Que la gente se forma una opinión y se crea una imagen del otro, a partir de lo que se dice de él o cómo se lo trata.
Con una actitud de desconsideración y discriminación hacia ellos, con ‘Viejismo’, se los aparta, se les quita espacio y no se los escucha.
Si estamos proponiendo colaborar con su autonomía (acordate: la capacidad de decidir) e independencia para que se desenvuelvan solos, hay que respetar su identidad, y no dejar que se desdibuje en el universo ‘abuelos’, porque sino es muy difícil que se sienta reconocido, que tenga aspiraciones, preferencias, y defienda un sentido para su propia vida.
Así aparecen los mayores abúlicos, desinteresados o protestones, y hay que decidir todo por ellos.

Te propongo participar de la campaña: “Llamame por mi nombre”Cuando escuches tratar a una persona mayor como ‘abuelo’, cuando no es su nieto, por favor hacelo notar, remarcalo, para que entre todos podamos hacer una sociedad más justa, inclusiva y respetuosa.
Cuando uno entiende, puede reflexionar y cambiar de actitud, y quién te dice, a lo mejor en el próximo encuentro con un remisero, una enfermera o en el banco, nos sorprendemos escuchando llamar a la gente mayor por su nombre, como lo llamaron siempre, como a cualquiera.


* Fotografía de portada cortesía de Alejandro Alem


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